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Actitudes ante un problema

9 de febrero de 2016 Bea Ramiro · 0 comentarios

¡Hola! En Dieta sana y ejercicio somos varios los expertos que te hablamos de nutrición, ejercicio, fisioterapia & osteopatía, sexología, moda… al fin y al cabo, todos estamos aquí con la ilusión de poder favorecer que te sientas mejor. Hay sin embargo en la vida circunstancias que hacen que no nos sintamos del todo bien – cuestiones que tratamos de resolver, hechos que dificultan una acción, o asuntos difíciles susceptibles de varias soluciones. ¿Sabes a qué corresponden estas definiciones? A un PROBLEMA.

Un problema no es lo mismo que un conflicto. El problema es algo externo, algo que nos incide desde el exterior, que es solucionable y, lo mejor… ¡es una oportunidad para aprender!

Hay varias conductas frecuentes que nos salen ya instintivamente y que son inmaduras: huir, mirar hacia otro lado, culpar a otros, analizarlo sin parar (darle vueltas, y más vueltas, y más vueltas…), quejarnos… Todos estos comportamientos impiden que solucionemos el tema que nos ocupa. Mi objetivo de hoy es hacerte tomar conciencia de qué actitud tienes tú ante un problema y darte claves para que puedas minimizar la sensación de angustia ante él (¿recuerdas esa fase 5 del post sobre el cambio no deseado?)

Ante un problema, hay tres actitudes típicas: la preocupación, la dispersión y la distracción.

Estamos preocupados cuando prestamos atención a algo que ha ocurrido o va a ocurrir. Sientes desasosiego, intranquilidad, temor… Desde la inteligencia emocional decimos que esto es preocuparse dos veces: antes de que ocurra la situación y mientras ocurre. Notamos que una persona está en esta actitud porque tiene aplomos lentos, pesados, tiene la mirada caída o perdida… ¿Qué cambio de actitud puedes tener? ¡OCUPARTE! Seguro que recuerdas más de una vez en que te pesaba algo muchísimo que no sabías cómo manejar. Lo has estado posponiendo y cuando finalmente te has puesto con ello, te ha sorprendido lo fácil que era, y te has dicho algo tipo “tanto agobio para esto… ¡si lo sé lo hago antes!” ¿Sí o no? Vamos, vamos, vamos, ¡admítelo! ¡Confiesa!

Cuando estamos dispersos, dividimos la atención, el esfuerzo o la actividad de forma desordenada en múltiples direcciones. No priorizamos a qué enfocar nuestra atención. Vamos, que nos dedicamos a todo menos a lo que nos toca. ¿Te suena? Si te pillas así, párate y prepara un plan de acción para este tema en particular. Te va a llevar 10 minutos, no más. A estas alturas ya sabes cómo fijarte metas pequeñas, alcanzables y motivadoras. Divide tu problema en partes y ve atajando una detrás de la otra – ¿podrías comerte un elefante de una sola sentada?

La distracción se caracteriza porque desplazamos la atención hacia un objetivo diferente. Es una defensa inconsciente hacia algo que me resulta penoso. La solución a esto te la conoces de memoria ya… fíjate una META y define tu sensación de ÉXITO. Si no recuerdas cómo se hacía, relee los posts dedicados a ello. Puedes distraerte porque estés cansado o desmotivado por el objetivo… en ese caso, la solución es fácil y agradable: tómate descansos y momentos de ocio. Es posible también que te distraigas porque no tienes interés real en la acción, pero te toca hacerlo de todos modos… coge tu agenda y apunta cuándo lo vas a hacer. Ya sabes lo que ocurre cuando no cumples tus promesas hacia ti mism@… Por último, puedes distraerte porque hay un conflicto, es decir, dos motivaciones que operan en sentido contrario. Esto lo veremos en posts más adelante.

¿Tienes el valor de vivir la experiencia de coger ahora tu problema, ver cuál de las tres actitudes tienes ante él y ponerte a solucionarlo? Menos pico y más pala. ¡Ánimo! Imagina cómo te vas a sentir cuando esté solucionado…

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